En el mes de Febrero en el desfile de Andrew Pocrid el tiempo se detuvo.
La historia de amor de Lupe Sino y Manolete no se contó: se respiró. En cada salida, en cada tejido que abrazaba el cuerpo, en cada silueta que desbordaba talento y hablaba de origen, de raíz, de tradición. La rosa fue el hilo conector de una sutil propuesta profundamente femenina y torera.
Testigo de la historia de amor de Lupe y Manolete. Es tradición, es origen, es maravillosa.
Rosa como símbolo de pasión y herida. De fuerza y delicadeza. De amor eterno.
Y todo sucedió alrededor de la magia intima de La Casa de Manolete Bistró.
La casa convertida en escenario vivo.
Aún recuerdo el olor de cada rosa y de cada pétalo impregnándolo todo.
Escaleras, salones, rincones.
Como si nuestra memoria tuviera perfume.
Me fui de allí con la sensación de haber asistido a algo más que un desfile.
Fue una declaración de identidad, un homenaje, una emoción.
Manolete, un icono que transformó la tauromaquia en arte; y ella, una mujer libre, moderna y valiente que eligió amar sin miedo. Esa dualidad inspira cada diseño: la sobriedad elegante de Manolete y la audacia transgresora de Lupe se traducen en siluetas que juegan con la tradición flamenca y se reinventa para la mujer contemporánea.
La estética del torero se filtra en trajes sastre para mujer con corbatas, monteras adaptadas a tocados, ves:dos inspirados en la propia reja de la casa que él mismo mando a diseñar con la M de su nombre y reinterpretación del traje de luces en ves:dos y faldas. La feminidad de Lupe florece en volantes envolventes de tafetán, estampados de rosas con colores intensos y siluetas femeninas y sofisticadas. El color rosa alusión a esa rosa que Lupe regala a Manolete, marrón de la tierra y las raíces, el negro solemne, el blanco de la cal y el dorado de la tarde cordobesa dibujan una paleta que es pura emoción.